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Continente y Contenido: Arquitectura y Trascendencia.
¿Qué es la teología? o ¿porqué antes habría de estudiar filosofía? Son quizá las preguntas comunes más frecuentes durante los primeros meses de los nuevos alumnos de nuestra facultad. El qué y el porqué. Sin embargo, llegará un momento en que la formulación de estas cuestiones desaparezca como tal. El "qué" se acepta en el carácter mistérico de la ontología fundante y el porqué da paso al "cómo".
¿Cómo? ¿cómo qué?, pues cómo todo. En tanto que la filosofía favorece la apertura del horizonte de comprensión, el alumno va descubriendo que la univocidad de la realidad ha podido y podría contemplarse, si no desde cualquiera, sí desde infinitud de puntos. Se abre y descubre lo propio del hombre que subyace en cualquier exposición de pensamiento. Descubre que, con frecuencia, el modo de expresión expresa más que cuanto se quería expresar.
Al mismo tiempo, ése que recorre la calle Trinitarios para detenerse en el número 3, va experimentando un cambio en su modo de relación con el mundo. Nuestra facultad es más que clases o conferencias, más incluso que quienes nos saludamos en los pasillos o quienes trabajan en silencio para que pueda funcionar. Nuestra facultad es arquitectura.
La arquitectura es el arte de capturar el espacio, de crear ambientes; de acoger la vida. Si no es lo mismo vivir en el campo que en la ciudad ni en un ático que en un sótanoo sentarse en la primera que en la última fila de clase, no cabría esperar una arquitectura desligada de la vida del hombre. Esto es lo que ocurre en nuestra facultad.
En efecto, si tras contemplar la magnificencia de su modesta fachada entramos maravillados hasta el claustro, qué decir tiene que ya no habrá palabras para expresar el estado de nuestra alma ante a la soberbia sobriedad de la monolítica nobleza de las columnas entre las que acabamos de quedarnos sin aliento. Avanzamos entonces unos pasos y empezamos a comprender. Lo que de lejos parecía a nuestra escala resulta ser mayor, queríamos conquistar el edificio y, de momento, es él quien nos ha conquistado a nosotros.
Son las escaleras quienes nos recuerdan quienes somos, los límites de nuestro cuerpo y nuestra verdadera proporción. Sin darnos cuenta, vamos penetrando en la intimidad del edificio y, paradójicamente, cuanto más subimos, más armonizamos con la construcción.
Así, al terminar la jornada, recorriendo el mismo camino en sentido inverso, experimentamos cómo ya nada se percibe igual. La bajada de la escalera, lejos de suponer un empequeñecimiento, expresa el ensanche del alma, que se ve crecida en el descenso de cada peldaño. De vuelta al claustro, todo cobra sentido. No es que la arquitectura nos haya capturado o que hayamos renunciado a nuestra identidad para configurarnos con un estándar despersonalizado que se adecue a la fría concepción de una masa informe reflejo de una estructura sin vida, sino todo lo contrario. Cuando la arquitectura expresa la verdad de la vida del hombre al que acoge y las inquietudes con que la habita, se hace partícipe de la expresión plena de la humanidad que humaniza. Enseña al hombre cómo es hombre.
Tal como la auténtica belleza, verdadero camino al bien remite directamente a Dios, cada nivel de los soportales apunta inconscientemente al del estadio superior y, aquél último que habría de quedar vacío, lo hace sin embargo hacia el infinito, supera lo clásico de la piedra y la modernidad del hierro para apuntar a la eternidad.
Al fin, de vuelta a la calle, en esa pequeña plaza frente a Trinitarios 3, se entiende el porqué de la amplitud del pórtico: el alma del pequeño estudiante habría de salir por ella.